Los ojos de Ahab
Febrero 18, 2008 por darioperezb
Sentado en la proa que cabalga dulcemente sobre las aguas sin límites, puedo sentir el cuerpo de los Anemoi sobre mi rostro, pasan me rozan y me cuentan historias del mundo, me traen noticias de las orillas, las montañas y sus habitantes; me cuentan las vidas de aquellos que no saben que tienen una, me llevan los secretos de los enamorados y los regordetes reyes de cartón de los reinos de papel que gobiernan con sorprendente facilidad a las piedras que las corrientes llevan en sus fauces.
Busco al monstruo que no puedo ver pero se que me puede oler. Quiero acariciar sus grandes dientes al penetrar mi carne y susurrarle al oído palabras de orgullo por su majestuosidad, matarle lentamente y bañar mi cabeza con sus entrañas.
Dos o tres veces he sentido las caricias de los hielos del sur con sus graciosos pingüinos vestidos de juez. A tres pasos siempre de la muerte inminente no veo más allá de los días donde el sol nunca se pone y las mismas nubes se pasean por el horizonte tras cada hora de aparente libertad. La libertad de ir donde el mar me lleve, la libertad de morir estrellado sobre el agua y sentir pedacitos de carne destrozados saliendo de mi cuerpo, libertad de morir desangrando en medio de los golpes de los narval que aprovechan para vengar la estirpe del dodo y el Solitario Rodríguez.
No necesito ver más allá de las cumbres, si puedo ver entre las olas que me rodean puedo ver más allá de mi propio mundo, puedo descender al reino de Poseidón y saludarle en nombre de los hombres de la tierra que tienen espinas y cola de pescado. Un abrazo de los micénicos que ya hace rato dejaron de temerle porque hay seres sobre la tierra con mayor poder de hacer terremotos cuando amanecen deprimidos. No derrames tu ira sobre mí, deseo llegar a mi propia Ítaca algún día.
Tiembla las maderas del navío y tiemblan mis huesos al respirar el humo de la chimenea del pueblo de Asgard donde los gigantes que construyen con papel verde queman el mundo creyendo que así tendrán la luna.
Sólo quedamos tu y yo para dejar el mundo entre gemidos de placer de nuestra sangre mezclada con la sal del mar, mezclada con medusas y tortugas gigantes que nadan lentamente en medio del tiempo hacia la eternidad que pronto llegará su fin por constructores que comen sangre de tierra y escupen veneno carbónico al son de dos tambores de aluminio que pierden su ritmo en la noche del tiempo que nunca llegará a brillar para ti en tu fosa profunda ni para mi en mi disfraz de vida de colores.




Buena historia: un resumido ritual o una tradición singular, cargada de un largo lamento.
Lamento de la monotonía de la modernidad que tanto odiamos pero a la que somos tan apegados porque ha terminado por gustarnos.
Me encanta cuando escribes así
Qué lindo el sueño que me dejaste en el oráculo. Un abrazote.