Recuerdos de largas horas mirando un tablero oscuro, escuchando letanías interminables de números, ecuaciones y fechas; mirando a mi alrededor otros como yo aburridos y atrapados en la obligación de estar sentado en un viejo salón mientras mi mente vagaba por mundos lejanos, por mundos abstractos de cosas y temas que se antojaban más interesantes. Durante muchos años me reproché el no haber aprovechado suficiente aquellas horas de conocimiento, por haber luego tenido que ocupar muchas más horas estudiando por mi cuenta para poder entender lo que ya debería saber y por, finalmente, no obtener las notas que me ayudaran a conseguir una beca o un reconocimiento superior. Siempre me reproché ser un mal estudiante. Sin embargo, siempre he amado el conocimiento, ¿cómo reconciliar, entonces, esa aparente dicotomía?
Descubrí con los años que no era el único que encontraba aburrido estar sentado dos o tres horas mirando un tablero, descubrí que los formatos de las grandes aulas no se actualizaban con los nuevas tecnologías para hacer la experiencia de aprender más envolvente, interesante y productiva. Las universidades son centros de conocimiento que, paradójicamente, no reconocen partes del mismo conocimiento que generan. Las facultades, escuelas e institutos que las componen son gobernadas en un esquema burocrático de las ciencias y no de manera constructiva y transdisciplinaria. Las facultades son dirigidas por profesionales en sus propias disciplinas, lo cual está completamente justificado y es válido dentro del componente científico, sin embargo, administrativamente no es práctico. Los científicos y profesores no deberían preocuparse por intrincados problemas administrativos y legales, para eso están los profesionales de las disciplinas correspondientes.
La mayoría de profesores no avanzan en sus procesos educativos para ajustarse a las nuevas generaciones y su manera de absorber conocimientos. No se puede pedir a un joven que ha crecido con la inmediatez de Internet y la omnipresencia de los servicios de mensajería instantánea y redes sociales a que tome, con igual interés, una clase de varias horas donde el profesor sigue un cuaderno de hojas amarillas por el paso de los años. Si bien las ciencias básicas no cambian y la ley de los cuadrados siempre será igual, la manera de presentarla puede ser mucho más interesante con el uso de las nuevas tecnologías.
Las instituciones educativas colombianas deben asumir con mayor responsabilidad su papel en el desarrollo del país. Al no implementar en sus procesos educativos nuevos métodos de aprendizaje, se están quedando aún más atrás en el concierto mundial; llevándose consigo parte del tesoro nacional: el afán de conocimiento y la creatividad juvenil.



Me encantó tu post y estoy completamente de acuerdo. Ahora que estoy a punto de terminar mi carrera, observo con tristeza que los métodos de enseñanza tanto en las ciencias básicas como en las materias específicas no han cambiado mucho. Los profesores poco o nada se animan a consultar otros métodos para enseñar aprovechando las nuevas tecnologías e incluso, la nueva posibilidad de intercambio de información que nos brinda la web 2.0. En mi práctica diaria puedo constatar que el uso de algunos software gratuitos han facilitado tanto la enseñanza como la compresión de muchos de los temas que antes eran tan abstractos en el papel y que ahora podemos ver su aplicabilidad en el mundo real. Encontrar el objetivo primordial de la enseñanza de las ciencias ahora es más posible que nunca, un camino que se inició con nuestro amado Carl Sagan. Saludos.
Comentario por Marcela — marzo 4, 2012 @ 6:38 pm |