Pienso y Existo

noviembre 7, 2007

Mendigos de alta alcurnia

Tiempos de pujanza, emprendimiento y liderazgo vivió Colombia impulsada a finales del siglo xix por una de las instituciones que marcó de manera real el desarrollo del país: La Escuela Nacional de Minas. Ingenieros, que hacían verdadero honor al nombre de su título, crearon empresas y dirigieron los destinos de la nación poniendo en práctica no sólo las enseñanzas técnicas importadas por Pedro Nel Ospina, sino también siguiendo los estrictos códigos de conducta que formaron el temple que les dio fama de personas rectas y dignas de confianza que, además, sabían utilizar su experticia para crear industria y abrir mercado.

Diferencia notable se vive hoy entre una extirpe de industriales y comerciantes que han convertido el atraso del país en su sistema de competitividad. Para entender su surgimiento es necesario remontarse a las condiciones existentes desde finales de la Segunda Guerra Mundial, donde muchos países aprovecharon aumentar sus mercados internacionales apelando a las condiciones, trágicas desde el punto de vista del desarrollo del hombre como ser humano, pero altamente favorables para el surgimiento de economías en desarrollo gracias a la pérdida total de la productividad europea, sumado al boyante mercado norteamericano que surgía como el motor de la economía mundial durante las décadas subsiguientes. Este no fue el caso colombiano que, por el contrario, cerró su economía y se dedicó a crecer con un mercado cautivo que sirvió como caldo de cultivo a esa la extirpe que aún representa para el país una pesada carga.  

Diariamente asistimos al concierto de quejas de los comerciantes y empresarios que ponen el grito en el cielo por la revaluación del peso e insisten, con vehemencia, que esto llevará a la hecatombe del país (¿será la que está buscando Uribe?) y el fin de su competitividad mundial. Tanto empresarios como comerciantes se acostumbraron a vivir subsidiados por el constante dólar fuerte al que tanto tiempo estuvimos acostumbrados. Acostumbrados, además, a vivir protegidos por la burbuja impositiva creada por el Gobierno para los productos de importación, se empeñaron en seguir con productos y estrategias que no pueden competir en mercados internacionales y que, como consecuencia, terminan desapareciendo cuando ese mercado que se contemplaba lejano, se convierte en local. 

Ese grupo indeseable de comerciantes y mal llamados industriales se han convertido, a mi parecer, en una carga tremenda para los intereses de desarrollo de país.  Afortunadamente no todos son así y algunas excepciones notables sacan la cara por el productor nacional. Es necesario que los nuevos empresarios olviden, por esta vez, las enseñanzas de la vieja élite y se sumerjan en las ideas de un mercado globalizado que demanda un pensamiento fresco y diferente. Las universidades en general y no sólo las escuelas de administración, deben ser abanderadas de un nuevo profesional que vea el país como un miembro de la comunidad mundial de la cual puede ser partícipe en el banquete y no como el banquete de los otros de los cuales sólo nos tocan las sobras. El nuevo empresario no debe ser, como lo continúan siendo muchos, mendigos de alta alcurnia con contactos en las altas esferas del gobierno que les ayudan a seguir manteniendo su dosis de migas diarias.

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1 comentario »

  1. Esa mendicidad se ve en muchos ámbitos en el país. Mucha gente espera que el Estado supla todas sus necesidades de manera que puedan vivir como recostados o sin hacer el mças mçinimo esfuerzo por sobrevivir.

    Ojalá el Estado fuera a veces menos alcahueta a ver si tanto entes público como privados se pellizacan y se hacen más emprendedores sin depender siempre de papá gobierno.

    Comentario por catalinatrujillo — noviembre 7, 2007 @ 5:30 pm | Responder


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