Pienso y Existo

diciembre 12, 2007

Juan Mengele

Filed under: Realidad — Wilmar Perez @ 12:47 pm
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Ni siquiera alcanzó a ponerse la ropa interior cuando lo sacaron arrastrado al solar de la casa animado por los golpes de la fusta sobre sus piernas y espalda. Los gritos de su captor resonaban en su cabeza donde no encontraba respuestas al interrogatorio al que era sometido. Tres días atrás los otros habían llegado, se habían robado unas gallinas, dos bultos de papa y unos plátanos. Ahora lo acusaban de colaborador con ellos. 

—Mi señor, yo no soy colaborador, yo no podía evitar que ellos me robaran. 

—No me crea tan marica —decía su verdugo— yo sé que ustedes son un arrume de mentirosos.  

Uno a uno vio los dedos de sus pies caer sobre la tierra, la misma donde sembraba el maíz y la cebolla para vender en el pueblo los domingos en la mañana. 

—Yo no sé mi señor, segurito que no sé nada. 

—Córtele las orejas a ver si así se acuerda. 

El subalterno miraba horrorizado los ojos del campesino que se revolcaba sobre el pantano de sangre y tierra que se había ido formando justo afuera de la cocina; sentía un cosquilleo en la columna pensando en lo que le harían a él si no obedecía, probablemente terminaría perdiendo sus propias orejas. Juan era particularmente duro con los sospechosos, decía que no se podía mostrar debilidad; sus ojos brillaban con emoción al ver la sangre, parecía que en cualquier momento, como un “Nosferatu” de la guerra, se fuera a lanzar sobre ella. 

Después de tres horas de cortar pedazos, ya no quedaba mucho que cercenar. En el lugar del campesino quedaba un bulto deforme de intestinos que aún se movían. Ya no había suplicas, solo unos gruñidos que atravesaban el silencio de los árboles. Un olor a sangre seca inundaba el ambiente mientras los ojos de Juan seguían brillando al tiempo que, con movimientos lentos, iba puliendo con un pañuelo la pipa que su esposa la había regalado dos días atrás para su cumpleaños. 

—Deje eso ya ahí que no le vamos a perder todo el día, péguele un machetazo para ver si se calla. Hay que ir a las fincas del otro lado, por allá pasaron los otros ayer, seguro que también les ayudaron. Si creen que me van a ver la cara están muy equivocados. ¿Se le están aguando los ojos? No sea maricón, usted está nuevecito  en esto, en unos meses verá que es mejor que sufran harto, así los demás aprenden y nos cogen respeto.  

—Esta guerra ‘ta larga pero la vamos a ganar, así nos toque dejar sin brazos a medio país. Estos campesinos son unos ignorantes y le comen cuento a cualquiera. No hay que dejarlos que se contaminen. Los grandes ya no tienen arreglo, es mejor que sirvan de ejemplo. Los chiquitos hay que cultivarlos, así como a usted, pa’ que aprenda como se hacen las cosas.  Si no fuera por nosotros este país ya se lo hubiera llevado el putas, pero por eso ahí seguimos en la lucha. 

—Ya, no joda más con eso, échele tierra encima que ese en un rato se muere. No le vaya gastar un plomo que están muy caros. Mejor vamos y aprovechamos pa’ almorzar en la otra finca. 

Juan tomó el camino para la otra finca, sus ojos no dejaban de brillar. El jefecito iba a estar contento. Los pendejos esos de la ciudad hacen bulla porque no entienden cómo es la vaina, pero no importa porque aquí él es la ley. 

Miles de Mengeles como Juan recorren el país a lo largo y ancho. No vemos porque no queremos ver, si vemos callamos, si callamos seguimos en nuestra vida de rumba decembrina y marranadas en Navidad. 

No hay que gritar, sólo ver y pensar más allá de nuestras propias narices para desterrar a Juan. La conciencia le da vida a las realidades que creemos míticas y sólo historias atemporales de las bananeras que nos llegan de lo lejos como los cuentos de Macondo.

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1 comentario »

  1. Leyendo este post recordé el reportaje de la revista Semana sobre las atrocidades de esta guerra en Colombia. Recordé igualmente la crónica “Los muertos fuimos cinco” de Juan José Hoyos, en la que relata el suplicio de Esnar Agudelo aferrándose a la vida, arrastrándose en el campo con la cabeza colgándole de un hilo.

    ¿Qué pasaría si pudiéramos conocer de labios de cada víctima el maltrato y la violencia que vivieron? ¿Tendríamos ánimos de seguir con nuestras vidas así como si nada, ignorando el dolor de otros y volteando la cara para no sentir?

    ¿Cuándo será que los colombianos nos cansamos de esta guerra?

    Comentario por catalinatrujillo — diciembre 13, 2007 @ 2:12 pm | Responder


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