Pienso y Existo

abril 14, 2008

Pollo a la plancha

Filed under: Azul — Wilmar Perez @ 11:13 pm

La fibrosa carne con un tono amarillo artificial tiene un sabor particular a calles empantanadas de un viejo barrio cuya única evidencia del paso del progreso es el tono malteado de sus muros gracias al smog que escupen cinco generaciones de automóviles que se mezclan sobre los mismos espacios polvorientos como en una especie de cínica charada. El claxon impaciente ameniza la tarde de luz pálida y perezosa que le da un cierto tono marrón a la grasa fundida sobre los rincones de la puerta del bar que han subido y bajado más veces que las viejas prostitutas que ofrecen su mercancía al otro lado de la calle. Las sillas de plástico mezclan su olor petrolizado con las papas fritas y la insípida ensalada que llena los bordes del plato. Canciones de pueblo viejo se escuchan en las voces jóvenes de aquellos que nacieron y crecieron ancianos, destinados a ser la servidumbre de la sociedad, ahogados en alcohol y parranda para evitar esa odiosa costumbre de cuestionar el poder.

 

—¿Me puedo sentar? —dice ella mientras trata de disimular la incomodidad de tacones desproporcionados—.

—No hay problema. —Aún en la penumbra de tercer mundo de aquel bar cualquier compañía puede resultar atractiva—.

 

Una mirada a las uñas marrón, un sorbo a una cerveza recién destapada y dos o tres miradas mal disimuladas.

 

—¿Está rico el pollo? A mi no me gusta comer sola. Si las muchachas están desocupadas vengo con ellas a comer el sancocho de bagre de los viernes para aguantar el trajín del fin de semana. ¿Ya habías venido por aquí?

—Si, algunas veces. ¿Y tú?

 

Ella se ríe y comprendo que no pude hacer pregunta más estúpida.

 

—Ya a está hora debería estar en la casa pero hay que esperar si resulta algo más. Mañana toca pagar el arriendo. ¿En dónde vives?

—Aquí y allá, depende de mi trabajo.

—Resultó misterioso —dice en medio de otra carcajada—.

 

Se siente la carnosa consistencia del pollo recién asado sobre una plancha metálica que mezcla los sabores de la carne fresca con el jugo acumulado durante varios días bajo los tristes ojos de una aún más triste mujer que resulta ser el perfecto estereotipo de este ambiente rocoso y pobre que se mete entre los huesos para salir a través de esa mirada amarillenta.

 

Miro de reojo con curiosidad los labios de volumen artificial que no puedo imaginar besando con amor y pasión sino aguantando la presión de una cabeza pesada por el alcohol y ese típico aliento grasiento a morcilla y aguardiente, mientras debajo de la cintura se invaden las trajinadas carnes de las, alguna vez, rosadas e inocentes caderas.

 

—Llegaron camiones, llegó trabajo. Pedrito, otra cerveza. ¿Le va a poder ese pollo?

—Está un poco grande. ¿Quieres?

—Le acepto las papas, si no las quiere.

—Claro, dale. ¿Hasta que horas trabajas hoy?

—No se, hasta que se duerma el último borracho, yo creo. Hay que aprovechar. Mientras no se duerman encima.

 

Ella ríe con malicia.

 

—¿O usted se quiere dormir encima? —Dice sin dejar de reírse—.

—Otro día, quizá… gracias.

—Tan bello, hasta gratis si no fuera por el arriendo.

 

Termino de masticar, le doy otro sorbo a mi cerveza. Doy otra mirada curiosa y, por supuesto, morbosa como las que lanzamos todos los hombres a las mujeres de mallas y labios artificialmente rojos.

 

Ella prende un cigarrillo, me hace un guiño para que pague su cerveza y se va meneando las caderas para perderse detrás de un camión.

 

La luz amarilla se convierte en remedos de Navidad que prenden y se apagan para marear y hacer rima con el viejo sonsonete del acordeón y el ron. Pago la cuenta y me voy a dormir en sábanas limpias deseando ingenuamente que ella duerma placidamente esta noche.

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5 comentarios »

  1. misterioso.. eso si,,, pero no me gusto que fume

    Comentario por RacuRock — abril 15, 2008 @ 6:45 am | Responder

  2. Vaya conversación!!!, pues….ojala la mujer haya podido pagar el arriendo.

    Comentario por Emilia Lucía — abril 15, 2008 @ 11:45 am | Responder

  3. me hiciste acordar mis almuerzos en el mes que pasé en Cali… buenos y malos recuerdos todos entremezclados. pero sin importar como haya estado el día, todas las siestas iba al mismo restaurante a almorzar, a veces pollo, a veces sancocho, siempre la montaña de arroz blanco. y lo bueno es que siempre se acercaba a la mesa una hermosa caleña a compartir su almuerzo conmigo y mantener una cálida conversación.

    sevemos

    Comentario por Poio — abril 15, 2008 @ 1:54 pm | Responder

  4. Dudo que muchas de ellas duerman plácidamente. Existen múltiples razones para estar ahí, y aunque hay algunas que dicen disfrutarlo, no creo que la incertidumbre de no saber quién es el próximo y cómo será la experiencia pueda hacer feliz a alguien.

    Comentario por Catalina Trujillo de la U — abril 15, 2008 @ 2:37 pm | Responder

  5. Bonita manera de acercarse a esos mundos que a los hombres, a lo mejor por la educación que hemos recibido, siempre nos tientan, paraísos infernales o viceversa. Me identifico mucho con ese quedarse de este lado, asomadito apenas, donde la imaginación palía los placeres prohibidos y las culpas. Y me atrevo a un consejo: recuerda que cuando el adjetivo no da vida, mata. Te lo dice un muerto.

    Comentario por tajalápiz — abril 19, 2008 @ 10:01 am | Responder


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