Pienso y Existo

agosto 11, 2009

La americanización de los tainos

Filed under: Mapamundi — Wilmar Perez @ 6:58 am
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Una extraña combinación de sensaciones  se siente al sentado a las orillas de la pequeña laguna que bordea el barrio del Condado en el centro de la capital boricua. Son las 5:30 a.m. y el intenso sol calienta como si se estuviera desatracando del sueño de la noche anterior. A un lado se ve el profundo Caribe, mientras que al otro lado unos cuantos botes deportivos atraviesan la laguna, flotando como diminutos puntos en la las calmadas aguas que sólo aciertan a moverse superficialmente al capricho del viento. En la radio suena un poco del folclor de la isla: la salsa grande, la salsa majestuosa entre los ritmos antillanos. El calor se vuelve intolerable y se abre paso al inevitable murmullo del aire acondicionado, no se piensa en la contaminación o el aún mayor calentamiento global cuando se está bajo los intensos rayos del sol, el calor nos vuelve antiecológicos.

El estomago se regodea con la idea de un delicioso desayuno donde se exalten los frutos típicos de la isla: tostones verdes recién fritos y crujientes, jugo fresco y dulce de mango y guayaba, trozos de pescado asado sobre el calor de piedras calientes por el sol isleño y, finalmente, un café de las pequeñas pero ricas laderas montañosas del El Yunque. Sin embargo, no es posible conseguir nada más allá del café brasileño de Starbucks, los insípidos huevos fritos con queso de Subway y las bebidas artificiales de las máquinas de Coca-Cola Inc. Mayor variedad de alimentos nutritivos se pueden encontrar en las áridas arenas del desierto de la guajira, donde el milagroso jugo de naranja despierta los labios de los Wayú y la langosta abunda en las costas de Punta Gallinas.

La obesidad mórbida del estilo de vida norteamericano se toma a la graciosa isla boricua. Las estilizadas formas naturales de sus bellas mujeres tainas se tornan cada vez más toscas a fuerza de alimentarlo con Burger King, Mc’Donnald’s y KFC. La imposibilidad de caminar más allá de los pocos metros que hay entre el parqueadero y la oficina, hacen que la mayoría de la gente se vea abocada a sufrir de los problemas típicos de una sociedad que, acostumbrada a comer chatarra, no cae en cuenta que sus hijos se están convirtiendo en viejos con pocos años de vida.

Si bien el contacto con el estilo de vida norteamericano ha contribuido con un desarrollo único en el Caribe, también ha causado la pérdida de la identidad de los puertorriqueños. Sus adolescentes ahora hablan en inglés y miran con cínico e inmaduro desprecio a aquellos que les hablan en español. Desafortunadamente la herencia del eurocentrismo, heredado del antiguo imperio británico, es la constante del pueblo gringo que simplemente ignora o considera como no dignas de existencia las costumbres de otros pueblos. Por tanto, para ellos Puerto Rico no tiene cultura sino folklore, no tiene religión sino mitos, no tiene filosofía sino tradición oral.

Lo grave no es, en este caso, que los gringos lo sigan viendo así, sino que aquellos herederos de los que murieron por defender su cultura ante la invasión de la corona española, desprecien su propia historia por acoger a aquellos que, acéptenlo o no, los miran con desprecio.

¿Hasta cuando los soldados puertorriqueños serán los que pelen las patatas en el ejército norteamericano? Quizá en la próxima guerra.

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