Pienso y Existo

abril 27, 2013

La muerte de un navegante

Filed under: Pensamientos — Wilmar Perez @ 7:49 pm

Allí parado en el punto más alto del mástil, Adofenes se dio cuenta que estaba cerca el final. Quizá era esa extraña manera en la que las aguas se balanceaban lejos en el horizonte o quizá era la sospechosa ausencia de nubes a medida que iban cabalgando las insondables aguas del Mar de las Memorias, como, particularmente, siempre había sido conocido ese gran pedazo de océano que a pesar de las nuevas cartas de navegación y los opulentos sextantes, aun se antojaba misterioso, críptico y sospechoso.

Desde que comenzó a darse cuenta que tenía un talento poco común para leer el temperamento de las aguas, interpretar la dirección de los vientos y seguir el eterno peregrinar de las estrellas, Adofenes comprendió que su hogar no tendría cimientos sino nada más que un ancla; un ancla liviana que lo mantuviera cerca a la costa cuando fuera necesario reaprovisionarse y que fuera fácil levantar para dirigirse a nuevos rumbos.

Recordó como en aquellos primeros días de navegación era bastante simple levantar el ancla. Ésta más que liviana era proactiva, como si ella misma quisiera liberar sus amarres y partir hacia un nuevo rumbo.  Recordó como en aquellos días de escases, cuando el navío era apenas suficiente para llevarlo de un lugar a otro,  apenas evitando hacer agua por un puro milagro que hasta el sol de hoy no parece tener explicación, el ancla era pequeña, casi inexistente; lo cual le causo no pocas confusiones cuando se despertaba en medio de aguas diferentes a las del día anterior. Sin embargo ante las nuevas aguas Adofenes siempre tenía ojos frescos, sonrisas recién creadas para esas corrientes que habría de aprender y, fascinado, las recorría, palpaba y degustaba.

El aire solía oler diferente, como todo en aquellos días.  Era posible navegar por el olfato y dejarse llevar por la esencia del almíbar hacia un lado o por el calor de la vainilla hacia el otro. Era un mosaico de olores que combinado con los colores de la luz del sol en la mañana, marcaba el rumbo del día. Era fácil porque el ancla era liviana. Supo siempre que había una especie de puerto al que debía llegar, y navego con la compañía de pesqueros, grandes cargueros, pomposos cruceros y afables canoas. A veces recibía saludos de compañerismo del tipo que solamente los marines que se encuentran solos en altamar pueden apreciar. A veces recibía miradas desconcertadas de aquellos que acostumbrados a grandes embarcaciones no alcanzaban a entender la humildad de su navío. Amaba la libertad como se ama a aquella mujer que revive el alma después de cada caricia, aquella mujer que se desea más cuando más se comparte el amor y de la que nunca se puede tener suficiente porque cada beso, cada respiración, cada noche de amor, representa vida y frescura, como la libertad, y esa mujer, pueden dar.

El primer viaje largo que realizó, apartándose de la costa, aventurándose a mar abierto, fue cuando también aprendió, entre otras cosas, que en medio del reino de Poseidón, las tormentas son más poderosas, la navegación se torna más difícil. Entre los fragores más terribles se podía apreciar la tierna debilidad del hombre y su desconcertante fortaleza súbita para sobrevivir. En esa ocasión, cuando la costa se iba desapareciendo bajo la mar ya su mirada estaba concentrada en el horizonte y olvido darle una última mirada a esos bordes de playa que, aunque el aún no lo sabía, no volvería a ver. Con una inocencia casi infantil esperaba encontrarse con los arcabuces de los bucaneros que se le antojaban emocionantes. En su mente invadida por las visiones de los capitanes Flint, Ahab y Nemo solo esperaba tener la suerte de encallar en una isla solitaria y repetir las proezas del Robinson que creía ser.

El fragor de la mar le enseño pronto que los filibusteros se disfrazaban de gente de bien antes de salir a la calle en las mañanas y, especialmente, antes de navegar; que el Nautilus también podía hacer agua y que había presas más difíciles de alcanzar que la Gran Ballena.

Allí empezó sus aventuras, sostenido del palo mayor de su embarcación imaginaría que no tenía más fortaleza que su propio deseo de atravesar ese océano inmenso que la vida le había tendido a su alrededor, ese océano cálido y suave  en la superficie tropical de donde partió pero que escondía corrientes llenas de peligros maravillosos y oportunidades aterradoras. Se adentró en la ruta hacia Corinto con la equivoca esperanza de estar entre los dulces brazos de Apsu pero el amargo sabor que le produjeron desde temprano los encuentros con Tiamat le ayudaron a comprender que la sal se encargaría de hacer llaga en sus heridas aunque eventualmente éstas lo harían más resistente, quizá demasiado inerme al dolor, quizá demasiado preparado para lo peor.

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1 comentario »

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